Recientemente, los contribuyentes hemos pagado una reunión de responsables de la salud pública en el marco incomparable de Albarracín. Al parecer, en ella se hicieron declaraciones sobre el renacimiento de esta disciplina a partir de sus cenizas, cual si de ave fénix se tratara. Me alegro, a pesar de no haber sido invitado, porque la salud pública es una de mis especialidades. Y más me hubiera alegrado si se hubieran definido objetivos concretos, realistas y operativos. Pero por lo que me cuentan esto no ha sucedido. En cambio, estos "responsables" se han ejercitado en el conocido deporte de confundir los deseos con la realidad y en hacer demagogia políticamente correcta. Porque hace falta ser demagogo para hacer notar que la salud pública es del género femenino, señalando que esto implica plenitud, mientras que si fuera del género masculino estaríamos hablando de algo parcial e incompleto. Naturalmente el hecho de que los siete pecados capitales (recordemos: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envida y pereza) sean del género femenino no debe invalidar lo anterior. Ni el de que los órganos vitales del ser humano (cerebro, corazón, pulmones, hígado, riñones, etc.) sean del género masculino es motivo para pensar lo contrario. Tampoco tiene gran importancia que el género cambie según los idiomas. Así la sangre es femenino en castellano pero o sangue es masculino en portugués. Lo que no cambia es que las cosas son lo que son independientemente de cómo las llamemos. Más bien parece que la estupidez no tiene género. Y que, como dice el libro del Eclesiástico adaptado a lo políticamente correcto, "el número de los necios y necias es infinito".