Ayer podía leerse en Heraldo de Aragón la protesta de unos vecinos por haber sufrido un corte en el suministro de agua potable durante 30 horas, lo que consideraban intolerable. Realmente es una situación incómoda, lamentable si se quiere, pero en absoluto intolerable. Sin embargo, nuestros ciudadanos cada vez toleran peor el carecer de aquello a lo que creen tener derecho. No importa que haya millones de personas en el mundo sin acceso permanente al agua potable. Puesto que pagan por el agua al ayuntamiento (un precio político, naturalmente) tienen derecho al consumo ininterrumpido del líquido elemento. Aunque sea para desperdiciarlo.
Lo del agua es sólo un ejemplo. Homosexuales que creen tener derecho a adoptar niños. Mujeres que creen tener derecho a concebirlos y a abortarlos. Enfermos, reales o imaginarios, que creen tener derecho a los más novedosos -y caros- sistemas de diagnóstico y tratamiento. Trabajadores que creen tener derecho a trabajar en el sitio y en las condiciones que prefieran. Políticos que creen tener derecho a privilegios y a decidir sobre el destino de los impuestos. Periodistas que creen tener derecho a inmiscuirse en la vida privada de los demás. Habitantes de pequeños núcleos de población que creen tener derecho a que las autovías o los trenes de alta velocidad pasen por su pueblo. Artistas que creen tener derecho a que los demás aprecien su arte y lo paguen. La lista sería interminable.
Ante tanta apropiación indebida de la palabra "derecho", me declaro objetor. No con mi dinero. No con mi voto. Tengo derecho ¿no?
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